Siéntate a contemplar tu silencio. 91 propuestas para la revista experimental Al-harafish (Román Hernández), 22 noviembre -13 diciembre 2025
De cuando, por excepción, Lao-Tse se equivocó:
El que sabe no habla, el que habla no sabe
Sonia Díaz Corrales
Para cada estación hay un silencio, y cercándolo, un ruido atronador. Si un artista calla por un tiempo muy largo, puede que no encuentre el camino de regreso, excepto que su camino sea el silencio mismo o el tiempo infinito. Sin embargo, ¿para qué callaría?La algarabía es fácil de expresar y representar. Las palabras vacías son más aceptables que el vacío de palabras. Lo que se espera es que el artista exponga sus sonidos y se regodee en ellos. En el caso de Román Hernández González, se espera que haga sonar la muerte como paradigma de silencio; por esa expectativa que genera lo incognoscible y porque es uno de sus leitmotivs como creador. Otros son lo perecedero, el cuestionamiento de lo ignoto y de Dios. Todos ellos en un continuo que exige renovación o se convertirá en monotonía, entonces no hay otra opción que apelar al grito para significarse. Pero ni así seducirá al observador. Unas cuantas tablillas que intentan representar lo vacante en el silencio nos convocan otra vez a ordenar los ritos de la muerte “…y no sé morir. / Qué equívoco.”. El artista cita a Gamoneda, a Antonio, al poeta, al amigo que ahora se desvanece mientras Román finge que hace un homenaje, cuando solo nombra un miedo ancestral, suyo en primer término, de muchos.
No hay aquí silencio ni homenaje porque en sus versos Gamoneda ya es eterno, todos lo sabemos, Román también. El hombre en el centro de un montón de calaveras, tampoco calla. Se instituye como centro de las historias. Cuando de los otros apenas queda un osario tétrico, sus ojos aún miran, sus oídos escuchan el sonido con el que entrechocan y se convierten en polvo. Otros intentos con la música, con ciertos discursos, con la paradójica esperanza de ser Dios para destruirlo, autodestruirse, rondan esta media centena de tablillas; “Siéntate a mi diestra a contemplar tu propio silencio y no jodas más. Nuevo Testamento (Román 25.1)”. A la diestra del artista podrás contemplar tu propio silencio, dice, en un pacto un tanto soberbio, dado que expresa esta invitación en capítulo y versículo, aludiendo a la escritura bíblica. Luego solo se podía trasmutar a sí mismo en dios cuando la figura de un Cristo, coronado de espinas, invita igualmente a sentarse a su diestra y escuchar…, pero ¿escuchar qué, el silencio de Cristo o el grito del hombre convertido en semejanza de este, en su caricatura? ¿Qué silencio puede haber en el tránsito de hombre a dios, de quien busca su propio silencio a quien imperativamente solicita a los demás que lo busquen? Todo es provocación tácita, rugido exprofeso, en estas nuevas “tablas de la ley” que parecen no tener límites precisos y sobreabundan en lo dicho antes, en otras ocasiones, como las fotos de parientes muertos, eso a lo que podríamos llamar muertos antiguos, un vintage que le propone alianzas al arte, a una muerte viva que también se sostiene en una rigidez de amplias faldas negras y niños desangelados, con aspecto de zombis. Todo provoca y acentúa la necesidad de ser el centro de algo, aun a expensas de un ruido que ya no disimula su soledad reminiscente, su certeza del poco alcance que tiene lo humano en la extensión de lo eterno. ¡Cuánto ruido! De nuevo la repetición en José Bento, de nuevo el artista al centro de todo, y la muerte, las palabras del poeta, de trasfondo: “… aunque en nosotros sangren aun / palabras y miradas que ellos nos dieron / como intentar coger el esplendor de un rostro / que, por haberlo amado mucho, destruimos…”. De nuevo el hombre al centro, en uno de los eventos más trascendentales de la vida, y, así y todo, no hay silencio, ni siquiera un amago de mutis que lo augure.
La respuesta del Hinnení y la poesía de Emily Dickinson vuelven la repetición un mantra. Y, qué es en definitiva el mantra, sino unas palabras a las que se les supone la capacidad de invocar lo sagrado y de entrar en su paz —¿en su silencio?—. Quizás no, a la plena luz de fondo, en primer plano, una mosca intempestiva insinúa su zumbido inarmónico, su presencia fáctica sobre los despojos, su desidia por la misma divinidad que requiere, y que ambivalente y predecible, vuelve a gritar. Moscas también en El tejedor y la pensada, en El poeta y la pensada, su zumbido en el cerebro de mil bifurcaciones y conexos, en la música y el discurso que antes mencionamos, en la intentona de crear una Poética del silencio, cuando toda poética es una fantasmagoría, un sueño absurdo donde definir la poesía se hace impronta. Y, ¿cómo hacerlo sin las palabras que buscan su preexistencia en el poema? ¿Se puede hacer un silencio de palabras? Yo no lo sé. ¿Lo sabe el artista? Puede que lo sepa. Quien construye una “Silla para contemplar el silencio”, no el tuyo o el mío, sino el SILENCIO, el universal, que asciende desde el suelo mismo buscando elevarse sobre todo lo que verás en esas tabillas expuestas, como un árbol abrupto, que irrumpe y se ramifica en lo alto, seguro sabe que toda poética pretende ser silencio, sin tener en cuenta las palabras que use, las imágenes con las que se cree. Lo sabe o lo adivina con la intuición de quien distingue que bajo la silla para contemplar el silencio solo puede haber una claridad que apenas se distingue del resto de claridades, pero que es cierta. Aquí tampoco hay silencio, pero se nos ofrece una vía, un instrumento para alcanzarlo, una silla que se convierte en un árbol sin otra raíz que la búsqueda de quien se permite la humildad de reconocer que la necesita, cualquier otra silla en su entorno se disipa en su apariencia engañosa. Esta silla solo la verá en plenitud quien la sueñe.
La silla y sus altas ramas laten en otra hondura, que en igual avenencia consigue elevarse, insiste en que te sientes a contemplar tu silencio, no puedes hacerlo más que deteniendo esa marcha incontenible, reservando un sitio dentro del bosque que contiene todos los silencios expresados en cada una de las tablillas, la luz discretísima debajo, las ramas saliendo de esa espesura de extremos valores cromáticos, la luz y la ausencia de ella en los troncos estilizados que se pierden en un límite que no existe, porque se
ubica fuera de lo que se puede ver y se convierte en lo que se debe imaginar. Y, ¿hasta dónde pueden llegar las prolongaciones que buscan encontrar el fondo de esa claridad en el margen inferior de la imagen? No podemos saberlo, solo conjeturarlo en cada nueva mirada a ese bosque.
Estas dos tabillas son lo novedoso del conjunto; la extensión y el nexo con aquello que reconocemos en otros momentos creativos del artista, y la respuesta a la pregunta inicial: ¿por qué callaría? Porque no tiene otra opción si quiere encontrar el equilibrio: “El silencio es la veta llameante del lenguaje”, dice Jeannette Clariond en un entorno de claroscuros, más oscuros que claros. Porque le suponemos al silencio una vacuidad incierta y no tenemos hábito de apreciar ese punto de partida que es el vacío.
En Persia, en el siglo xiii, hubo un poeta que ya sabía mucho de estas cosas, se le conoce como Rumi, y se le atribuye la frase: “El silencio es el lenguaje de Dios, todo lo demás son malas traducciones”. No hay ninguna forma de acercarse a lo ignoto o de comunicarlo que no sea a través del silencio, el cual es también una forma de “lenguaje”. ¿Con qué palabras habla el rumor del viento en las espigas o las nubes peregrinas que motean el cielo de blanco en el verano? ¿Con el lenguaje de Dios, que desconocemos porque el ruido colma el mundo de esta novedad constante que no nos deja escuchar o escucharnos? Lo más inteligente de la frase de Rumi se me antoja que son las “malas traducciones”, pensar en cuántas de ellas nos llegan por segundo, es aterrador.
Sobre toda muerte física, nueva o antigua, sobre el desconocer a Dios en las palabras o el silencio, el ateo, dicen que convencido, que era Borges, plantea el gran perjuicio de la muerte: “Lo esencial de la vida fenecida/ —la trémula esperanza, el milagro implacable del dolor y el asombro del goce—/siempre perdurará”. Sabiamente el poeta habla de lo perdurable, nada hará que la muerte acalle la vida vivida, nada habrá que acalle la palabra, escrita o hablada, pensada o creada, así que, aunque se detenga para permitirse cualquier mutismo, el artista volverá a gritar, sabiendo que ese grito solo concurre porque existe su contraparte: el silencio.

.jpeg)


.jpeg)
.jpeg)

.jpeg)
.jpeg)

.jpeg)
.jpeg)

.jpeg)
.jpeg)



Comentarios
Publicar un comentario